
La crisis silenciosa: Por qué las empresas ya no confían en sus números
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En la penumbra de una mañana que prometía ser como cualquier otra, un estruendo mortal rompió el silencio: un choque de trenes en una prueba de modernos vagones, que representaba modernidad y desarrollo para muchos, se transformó en un siniestro que arrebató la vida de un maquinista y su ayudante en un instante de horror puro, no es solo una tragedia aislada, sino un sombrío presagio de los fallos sistémicos, de irresponsabilidad e ineficiencias que carcomen las entrañas de nuestra sociedad y nos sumergen en el subdesarrollo.
Esta catástrofe, marcada por la falta de un sistema de comunicaciones adecuado, falta de responsabilidad e ineficiencias, es reflejo del dolor y desamparo que permea a los más necesitados de nuestro país. Como en el incendio de Valparaíso, donde 132 almas fueron devoradas por las llamas del descuido, o la mala intención de un bombero pirómano, este evento se suma al catálogo de desdichas olvidadas, relegadas al oscuro rincón de nuestra memoria colectiva, similar a la desdichas que vivirán quienes sufrieron las inclemencias de inundaciones por las lluvias y tormentas de estos últimos días.
El dolor se extiende más allá de los escombros del tren o del barro de las últimas lluvias. En los pasillos de nuestros hospitales, más de dos millones de personas enfrentan una espera agonizante por atención médica, esperas de más de 9 meses para una atención de urgencia, un periodo que ironiza con el tiempo de gestación de una vida, mientras que para algunos, presagia el fin prematuro de la suya. También los niños, nuestras esperanzas más puras para el futuro, languidecen en vulnerabilidad, expuestos a peligros que el Estado debería escudar con vehemencia, pero que en cambio, a menudo ignora o por incompetencia se soslayan entre sus quehaceres políticos.
El espectáculo de la política nacional se ha convertido en un teatro grotesco, donde las facciones de izquierda y derecha se enfrentan en un duelo interminable por el poder, paralizando el progreso y desatendiendo las verdaderas urgencias de todos. Estos políticos, enfrascados en un eterno choque de trenes ideológicos y de poder, han fallado en su deber más sagrado: proteger y cuidar a los más vulnerables.
Este trágico choque de trenes no es solo un reflejo de un fallo en nuestro sistema de transporte; es un símbolo de la muerte, el dolor y el abandono que sufren innumerables chilenos día tras día. Es una crítica mordaz a un gobierno y a políticos que, embriagados de poder y desidia, han permitido que estas tragedias se conviertan en una parte aceptada de nuestra realidad, con la esperanza que mañana será otro día y… todo seguirá igual.
Es hora de despertar y reconocer estos presagios de declive no como meros accidentes, sino como un clamor desesperado por cambio y compasión. Debemos demandar una transformación radical en cómo nuestras instituciones operan y protegen. Necesitamos un gobierno que no solo repare sus estructuras fracturadas, sino que también restaure su humanidad y cumpla su mandato de cuidar a cada ciudadano con la dignidad que merecen.
Este llamado es urgente, porque cada momento de inacción nos acerca más a un futuro donde los choques de trenes, tanto literales como figurativos, son el sombrío telón de fondo de nuestra existencia. No podemos permitir que la desesperanza y la desolación sean el legado de nuestra era. Debemos luchar por un país donde el dolor y la muerte no sean la norma, sino donde cada vida sea valorada y protegida. Solo entonces podremos evitar que estos malos presagios se materialicen y construir un destino más prometedor para todos.
Autor: Jorge Valenzuela F.– Gerente General y Fundador de Transtecnia S.A.
de contabilidad, temas laborales, educación, tributarios e innovación

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Temas tratados con la profundidad "existencial profesional". Muchas gracias por ello...!!! Si ya lo dije, lo reitero...
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