Vivimos convencidos de que controlamos la tecnología, que la usamos como una herramienta, que es neutral y que depende de nosotros; pero esa creencia es, en gran parte, una ilusión cómoda.
La verdad es más incómoda y brutal: el mundo ya no se mueve solo por decisiones humanas directas, sino que se mueve por decisiones algorítmicas y la mayoría de las personas no lo entiende, no lo cuestiona y tampoco lo quiere ver.
La nueva tríada de poder es clara: Algoritmos, redes sociales y tecnología.
No gobiernan con ejércitos ni con leyes, gobiernan con datos, atención, automatización y percepción, y lo más grave: gobiernan con la pasividad, la ignorancia y la ingenuidad de las personas.
Los algoritmos ya no son herramientas, son árbitros de la realidad, deciden qué vemos, qué compramos, qué creemos, a quién escuchamos, qué se vuelve tendencia y qué desaparece.
Un algoritmo no tiene ideología, no tiene ética, no tiene conciencia. Solo optimiza objetivos: clics, tiempo de permanencia, consumo y comportamiento.
El problema no es que existan algoritmos; el problema es que delegamos y confiamos en ellos decisiones que antes eran humanas sin siquiera entender cómo funcionan.
No sabemos qué datos usan, qué lógica aplican, qué intereses representan y qué sesgos arrastran; pero confiamos. ciegamente.
Eso no es modernidad, eso es ingenuidad tecnológica.
Las redes sociales no conectan personas, modelan conciencias, generan dependencia, transformaron la opinión pública en un mercado, la conversación en espectáculo y la verdad en una narrativa competitiva.
Hoy no importa qué es verdadero, importa qué es viral, ya no importa qué es correcto, importa qué genera reacción o más Likes, ya no importa la profundidad, solo importa los seguidores
Las redes sociales no informan, condicionan, no educan si no que programan hábitos, ya no liberan, solo capturan atención y tu tiempo y lo hacen con una eficiencia que ningún sistema político logró jamás.
La tecnología, por su parte, ya no es infraestructura, es arquitectura del poder, quien controla la tecnología controla: Los flujos de información, la trazabilidad de la economía, la seguridad de los datos, la velocidad de los mercados y la forma en que se construye la “verdad”.