La empresa como obra social, no como activo

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25.08.2026

La empresa como obra social, no como activo

La empresa como obra social, no como activo

La reciente carta del cardenal Fernando Chomali a los empresarios me dejó pensando en una cuestión que va más allá de la responsabilidad social o de la rentabilidad.

Me llevó a una pregunta más profunda:

¿Qué significa realmente hacer empresa en el siglo XXI?

Durante buena parte del siglo pasado, detrás de muchas empresas había una persona, una familia, un fundador. Había un nombre, una historia, una convicción y, muchas veces, toda una vida comprometida en construir algo.

Hoy, en cambio, una parte importante de las grandes empresas pertenece a fondos de inversión, sociedades de inversión, inversionistas institucionales o miles de accionistas.

No hay nada incorrecto en ello.

Pero sí hay una diferencia de fondo.

Porque no es lo mismo invertir en una empresa que hacer empresa.

El inversionista busca legítimamente rentabilizar su capital.

El empresario fundador, en cambio, suele buscar algo más.

📌 Busca crear.

📌 Innovar.

📌 Construir.

📌 Resolver problemas.

📌 Generar trabajo.

📌 Desarrollar personas.

📌 Aportar valor.

📌 Dejar huella.

Y, finalmente, trascender.

En mi caso, nunca he entendido la empresa como un activo financiero que algún día espero vender para obtener un retorno.

La he entendido como una obra social.

Y cuando hablo de obra social no me refiero a filantropía.

Me refiero a algo mucho más profundo.

Una empresa crea empleo, genera conocimiento, desarrolla capacidades, construye relaciones, forma cultura, paga impuestos, articula proveedores, sirve a clientes y transforma su entorno.

Por eso una empresa no es solamente un balance, un EBITDA o una valorización.

Es también una comunidad humana.

Es una construcción social.

Es una institución que genera consecuencias.

Y eso obliga a preguntarse para qué existe.

La rentabilidad no es el propósito

Una empresa debe ser rentable.

Sin rentabilidad no hay continuidad.

No hay inversión.

No hay crecimiento.

No hay innovación.

No hay estabilidad.

Pero para mí la rentabilidad no es el propósito final.

Es una consecuencia.

La consecuencia de crear valor.

De hacer bien las cosas.

De resolver problemas reales.

De ser útil.

De ser elegido.

De ser valorado.

Esa diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la forma de entender una empresa.

Cuando la rentabilidad se transforma en el fin, la empresa corre el riesgo de convertirse simplemente en un activo.

Cuando la rentabilidad es consecuencia de una misión y de una creación de valor sostenida, la empresa conserva su sentido.

El verdadero valor está en que la empresa tenga sentido

Con los años he llegado a pensar que una empresa no trasciende solamente porque dura mucho tiempo.

Tampoco porque crece.

Ni porque aumenta su valorización.

Una empresa trasciende cuando su existencia tiene sentido para otros.

Cuando sus clientes valoran que exista.

Cuando resuelve algo importante para ellos.

Cuando la elegirían nuevamente.

Cuando confían en ella.

Cuando sienten que perderla sería una pérdida real.

Eso me parece fundamental.

Porque una empresa no existe para sí misma.

Existe porque alguien encuentra valor en lo que hace.

Por eso quizás la mejor medida de trascendencia no sea cuánto vale una empresa en el mercado, sino cuánto valoran sus clientes que esa empresa exista.

El empresario y el inversionista hacen preguntas distintas

El inversionista se pregunta legítimamente:

¿Qué retorno obtendré por este capital?

El empresario se pregunta:

 ¿Qué puedo construir? 

¿Qué problema puedo resolver?

¿Qué puedo hacer distinto?

¿Qué valor puedo crear?

¿Por qué nuestros clientes deberían querer que sigamos existiendo?

Y finalmente:

¿Qué quedará cuando yo ya no esté?

No creo que una mirada deba eliminar a la otra.

Necesitamos inversionistas.

Necesitamos capital.

Necesitamos buenos administradores.

Necesitamos mercados financieros eficientes.

Pero también necesitamos conservar el espíritu de hacer empresa.

Porque cuando una empresa se transforma solamente en un activo, puede comenzar a perder aquello que le daba sentido.

Cuando se diluye la propiedad, puede diluirse también la responsabilidad

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Testimonial Loreto Arredondo

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Testimonial Danilo Jaimes

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Tu mejor decisión:
Innovación, propósito y trayectoria.

Las grandes corporaciones modernas tienen estructuras de propiedad cada vez más dispersas.

Fondos.

Accionistas.

Vehículos de inversión.

Administradores profesionales.

Eso permite crecer y financiar grandes proyectos.

Pero también genera una pregunta:

¿Quién se siente realmente responsable de la empresa?

No jurídicamente.

No contablemente.

Sino humanamente.

¿Quién siente que esa empresa representa algo?

¿Quién se pregunta qué huella deja?

¿Quién piensa más allá del próximo trimestre?

Una empresa puede tener miles de propietarios y, paradójicamente, no tener a nadie que la sienta verdaderamente como una obra.

Ese es uno de los riesgos del capitalismo contemporáneo.

No la existencia del capital.

Sino la posibilidad de que la empresa pierda propósito cuando nadie se siente realmente custodio de su sentido.

El desafío del siglo XXI

Esta reflexión se vuelve todavía más relevante en un mundo marcado por la Inteligencia Artificial, la automatización y la búsqueda permanente de eficiencia.

Vamos a poder hacer más con menos.

Reducir costos.

Automatizar procesos.

Aumentar productividad.

Tomar mejores decisiones.

Todo eso será positivo.

Pero mientras más poderosa se vuelve la tecnología, más importante se vuelve una pregunta que ninguna máquina debería responder por nosotros:

¿Para qué hacemos empresa?

Si la respuesta es solamente maximizar rentabilidad, podremos construir organizaciones extraordinariamente eficientes.

Pero no necesariamente empresas mejores.

Y mucho menos una mejor sociedad.

El gran desafío empresarial del siglo XXI no será elegir entre propósito y rentabilidad.

Será decidir cuál está al servicio de cuál.

Para mí la respuesta es clara.

La rentabilidad debe estar al servicio del propósito, de la continuidad de la empresa y del valor que esta crea para las personas.

Una empresa debe merecer existir

Tal vez esa sea la reflexión más importante.

Una empresa no debería limitarse a preguntarse cuánto gana.

Debería preguntarse también:

¿Merecemos existir?

¿Nuestros clientes valoran lo que hacemos?

¿Resolvemos problemas reales?

¿Creamos algo que otros consideran importante?

¿Nuestra existencia deja una huella positiva?

Porque, al final, una empresa no trasciende porque su fundador quiera trascender.

Trasciende porque otros encuentran sentido en lo que construyó.

Por eso sigo creyendo en una idea muy simple:

📌 Un activo se posee.

📌 Una obra se construye.

📌 Un activo se valoriza.

📌 Una obra crea valor.

📌 Un activo puede venderse.

📌 Una obra puede trascender.

Y quizás esa sea la diferencia esencial entre invertir y hacer empresa:

El inversionista espera un retorno de su capital.

El empresario espera que su obra trascienda, que tenga sentido para sus clientes y que ellos valoren su existencia.

Cuando eso ocurre, la rentabilidad deja de ser el fin.

Se convierte en la consecuencia natural de haber creado algo que realmente vale la pena.

AUTOR:
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Jorge L. Valenzuela.

Socio Fundador de Transtecnia S.A.

Artículo elaborado con apoyo editorial de IA.

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