El tiempo es el activo más caro de una empresa y, paradójicamente, es el que más se pierde sin que nadie lo note.
No se pierde en grandes decisiones equivocadas, se pierde en pequeñas fricciones diarias: Copiar datos de un sistema a otro, revisar reportes que no calzan, esperar información para poder decidir, corregir errores de digitación y volver a hacer lo que ya estaba hecho.
Cada uno parece insignificante, pero juntos forman una enorme fuga de productividad.
Cuando los procesos no conversan entre sí, la empresa se vuelve una fábrica de reprocesos; ese tiempo perdido no solo cuesta dinero, cuesta foco, energía y capacidad estratégica.
Un gerente que debería estar pensando en el crecimiento termina validando planillas, un contador que debería estar analizando termina conciliando diferencias y un administrador que debería estar dirigiendo termina persiguiendo información.