A los 71 años, uno empieza a conversar más con el tiempo. No porque falte, sino porque se vuelve más visible la estación de término de este viaje.
Durante décadas estuve concentrado en construir, decidir, empujar, resistir. Crear empresa es una forma muy particular de vivir e innovar: no hay horarios, no hay manuales, no hay garantías. Hay intuición, errores, coraje y una convicción profunda de que lo que se está haciendo y creando tiene sentido. Ese sentido, muchas veces, termina siendo más fuerte que uno mismo.
Pero llega un momento silencioso, sin ceremonia en que aparece una pregunta distinta, más incómoda y más honesta: ¿Qué pasará con todo esto cuando yo ya no esté al mando?
Hace unos días conversaba con mi amigo Nortino, empresario de una gran empresa de servicios de energía. Me hablaba de los problemas que enfrenta hoy con el SII al intentar ceder los derechos de su sociedad a su hija. La intención era clara: traspasar la empresa a la siguiente generación. El resultado, devastador. Tasaciones cuestionadas, presunción de retiros y un giro millonario cercano al millón de dólares.
Más allá del conflicto tributario, lo que me quedó resonando fue otra cosa: El sistema castiga incluso cuando hay buena fe, pero la vida castiga más cuando no hay reflexión.
Porque el problema no es solo legal o tributario. Es existencial.
El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos. Y llega el momento inevitable de soltar el control. Pero entonces surge la gran pregunta que pocos se atreven a formular en voz alta: ¿Deben los hijos heredar un negocio que nunca eligieron?
Durante años asumimos que la continuidad familiar era el camino natural. Que el apellido garantizaba compromiso. Que la sangre reemplazaba la vocación. La realidad demuestra otra cosa. He visto demasiados casos en que los herederos reciben la empresa, venden sus acciones y se desentienden del proyecto. No por ingratitud. No por irresponsabilidad. Simplemente porque ese sueño no era suyo.
Y no debería serlo por obligación.
Dar un paso al costado no es jubilarse. Es un acto de responsabilidad profunda. Implica hacerse cargo no solo del pasado, sino del futuro. Y eso exige una renuncia difícil: aceptar que la empresa que uno creó puede continuar sin uno… y sin los propios hijos.
Vengo de una época en que el mérito, el esfuerzo y las competencias no eran un discurso, sino una forma de vivir. Creo firmemente que el verdadero legado no es la propiedad, sino la continuidad con sentido. Que una empresa siga viva, creciendo, aportando valor, incluso cuando el fundador ya no está.
2 comments on “El día en que entendí que tu legado no siempre se hereda”
Temas tratados con la profundidad “existencial profesional”.
Muchas gracias por ello…!!!
Temas tratados con la profundidad “existencial profesional”.
Muchas gracias por ello…!!!
Si ya lo dije, lo reitero…