📉🎓 La desconexión entre la formación universitaria y las competencias que el país necesita
En un país que confía en sus universidades, pero que invirtió solo un 0,39 % del PIB en investigación y desarrollo en 2022, muy lejos del promedio de la OCDE (2,7 %), resulta inevitable hacer una pregunta incómoda:
¿Estamos formando a los profesionales que Chile realmente necesita?
Durante los últimos veinte años, el sistema universitario chileno ha crecido en matrícula, cobertura y financiamiento, pero no en pertinencia.
El énfasis institucional se ha desplazado hacia la sustentabilidad económica —la lucha por el financiamiento estatal, la competencia por atraer estudiantes y mantener aranceles— mientras el propósito formativo parece haber quedado en segundo plano.
En demasiadas aulas se enseña con los mismos contenidos y metodologías de hace décadas, como si el mundo no hubiera cambiado.
💼📚 El costo de aprender trabajando
Hoy, la mayoría de los egresados universitarios en Chile aprende su profesión ejerciéndola, no en las aulas.
Las empresas —pequeñas, medianas y grandes— terminan asumiendo el costo de formar en la práctica aquello que la universidad no entregó: pensamiento analítico, dominio tecnológico, trabajo colaborativo, inteligencia de datos, comunicación efectiva y comprensión de los procesos reales del negocio.
Un estudio de la OCDE sobre el mercado laboral chileno muestra que más del 40 % de los trabajadores ejerce en áreas diferentes a las que estudió, y que la brecha entre educación y empleo se traduce en pérdida de productividad y frustración profesional.
El título universitario, por sí solo, ya no garantiza competencia laboral.
Formar profesionales sin conexión con la realidad productiva es como construir un puente que no llega a ninguna orilla.
🕰️🤖 La paradoja de las profesiones desactualizadas
La revolución digital, la automatización y la inteligencia artificial han transformado el mundo del trabajo.
Sin embargo, muchas carreras siguen estructuradas bajo un modelo académico del siglo XX, enfocado en memorizar contenidos y replicar fórmulas, en lugar de desarrollar habilidades cognitivas y tecnológicas adaptativas.
Se forman contadores que aprenden a registrar operaciones, pero no a interpretar los datos que generan.
Se titulan ingenieros comerciales que confían más en planillas electrónicas que en modelos de gestión con inteligencia de negocios.
Y así, miles de jóvenes ingresan cada año a un mercado laboral que ya no necesita solo operadores del conocimiento, sino creadores de valor.
Lo más alarmante es que algunas disciplinas —como la contabilidad— han sido tratadas incluso como “un mal necesario”, una actividad obligatoria, mecánica y burocrática, cuando en realidad son la fuente más completa de información económica que posee una empresa.
No hay decisión inteligente sin datos contables precisos y trazables.
Y no habrá contabilidad estratégica sin una universidad que la enseñe como herramienta de gestión, no como simple cumplimiento.