
La importancia de golpear el tambor
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Durante años aceptamos una idea peligrosa: que la contabilidad funcionaba porque confiábamos en el contador, confiábamos en que el mes estaba contabilizado, confiábamos en que los documentos estaban registrados, confiábamos en que las conciliaciones estaban hechas, confiábamos en que los ajustes fueron incorporados, confiábamos en el balance presentado era el correcto, confiábamos en que el proceso estaba cerrado; pero hay una pregunta que rara vez se hace con suficiente fuerza:
No quién preparó el informe, no quién descargó el balance desde el sistema, no quién envió el archivo por correo, no quién explicó los números en una reunión; la pregunta es más profunda: ¿Quién se hace formalmente responsable de que el proceso contable fue realizado, revisado, completado y cerrado?
Esa pregunta revela una de las mayores precariedades de la gestión empresarial actual: en muchos casos, la contabilidad se presenta como información terminada, pero no existe una declaración formal, explícita y verificable de responsabilidad profesional sobre el trabajo realizado y cuando hablamos de procesos críticos, la confianza ya no basta.
Hay una palabra que expresa muy bien este problema: accountability, no significa solamente responsabilidad. Tampoco equivale a “buena fe” o “confianza profesional”, Accountability significa hacerse responsable del resultado de un trabajo, responder por él y dejar constancia formal de esa responsabilidad; en contabilidad, accountability debería significar que un profesional declara: “Este proceso contable fue ejecutado, revisado, completado y cerrado bajo mi responsabilidad.”, ese acto es fundamental.
Porque la contabilidad no es un informe cualquiera. Es la base sobre la cual una empresa toma decisiones económicas, financieras, tributarias, laborales y patrimoniales, sobre esa información se decide si se invierte, si se reparte utilidad, si se pide financiamiento, si se contrata personal, si se reducen costos, si se abre una nueva unidad de negocio o si se enfrenta una crisis; por eso, la pregunta por el responsable no es un detalle administrativo es una pregunta de gobierno empresarial.
Antiguamente, no cualquier contador podía firmar un balance, para hacerlo, debía estar inscrito y autorizado, existía una formalidad profesional, existía un timbre, existía una señal visible de que alguien respondía por la información presentada, ese timbre no era solo tinta sobre papel; representaba algo más profundo: autoridad profesional, responsabilidad sobre el trabajo realizado y reconocimiento de que la información contable requería una formalidad especial.
Hoy, en muchas empresas, esa práctica desapareció o se debilitó profundamente, se presentan balances, estados de resultado, reportes contables e informes mensuales, pero muchas veces nadie los firma realmente, nadie declara que el período está cerrado, nadie certifica que las observaciones fueron corregidas, nadie asume formalmente que la información presentada es la versión definitiva y entonces ocurre algo grave: la contabilidad pierde autoridad.
Un balance no debería ser simplemente un archivo no debería ser un PDF, no debería ser una planilla, no debería ser una exportación del sistema, no debería ser un informe enviado por correo sin estado formal; un balance debería ser la expresión final de un proceso contable cerrado.
Debería decir claramente: este período fue procesado; las operaciones fueron registradas; las cuentas fueron revisadas; los ajustes fueron incorporados; las observaciones fueron resueltas; el proceso fue finalizado; esta es la versión oficial y existe un responsable profesional que responde por ello; sin esa declaración, el balance queda en una zona ambigua.
Puede parecer terminado, pero no sabemos si lo está, puede parecer correcto, pero no sabemos si fue revisado, puede parecer final, pero no sabemos si todavía será modificado, puede parecer confiable, pero no sabemos quién responde por su calidad, esa ambigüedad es peligrosa, porque una empresa no debería tomar decisiones críticas sobre información que nadie ha declarado formalmente como completa, revisada y cerrada.
En muchas empresas ocurre una situación conocida, el contador presenta el balance al directorio, a la gerencia o a los socios, se revisan los números, aparecen observaciones, algunas cuentas no se entienden, hay gastos mal clasificados, diferencias pendientes, conciliaciones incompletas, provisiones ausentes o movimientos que requieren explicación, entonces aparece una frase tranquilizadora: “No se preocupe, haremos los ajustes.”
Pero esa frase abre un problema mayor: ¿Se hicieron realmente los ajustes?, ¿Quién los hizo?, ¿Cuándo se hicieron?, ¿Quién revisó que estuvieran correctos?, ¿Se emitió una nueva versión del balance?, ¿Se informó al directorio?, ¿Se cerró nuevamente el período?, ¿Alguien firmó la versión corregida?, ¿Quién responde por la información final?
Muchas veces, esas preguntas no tienen respuesta clara y así, lo que debería ser un proceso formal se transforma en una secuencia informal de correcciones, versiones, ajustes y confianza; ese es el problema, no sabemos si estamos frente a un balance final o frente a un balance en tránsito.
La confianza en el contador es importante, nadie puede negar eso; toda relación profesional se basa en cierto grado de confianza, el empresario necesita confiar en su contador, tal como confía en su abogado, su médico, su gerente financiero o su equipo ejecutivo, pero hay una diferencia fundamental: En los procesos críticos, la confianza no puede reemplazar la responsabilidad formal.
Una empresa no puede administrar sus remuneraciones solo porque confía, no puede pagar impuestos solo porque confía, no puede endeudarse solo porque confía, no puede presentar información a bancos, socios o inversionistas solo porque confía, no puede decidir su futuro económico solo porque confía; la confianza debe existir, pero debe estar respaldada por responsabilidad y esa responsabilidad debe expresarse en una firma, en un cierre, en una declaración profesional y en un estado formal del proceso contable.
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La contabilidad no es una actividad secundaria, es un proceso crítico; contiene la información económica esencial de la empresa: ventas, compras, costos, deudas, impuestos, remuneraciones, márgenes, activos, pasivos, resultados y patrimonio, si esa información es crítica, entonces no puede manejarse con informalidad, no basta con que “el contador vea el tema”, no basta con que “después se corrija”, no basta con que “el sistema lo tenga”, no basta con que “siempre se ha hecho así”; un proceso crítico exige responsables identificados, exige saber quién ejecutó, quién revisó, quién aprobó y quién cerró.
La contabilidad mensual debería terminar con un acto formal de cierre y ese acto debería tener un responsable, no por desconfianza por seriedad, por gobierno corporativo, por protección de la empresa, por respeto a la información crítica.
Cerrar la contabilidad no debería significar simplemente emitir un informe, cerrar la contabilidad debería significar que el proceso mensual fue completado conforme a una serie mínima de condiciones.
Por ejemplo: Que los documentos del período fueron registrados; que las operaciones relevantes fueron contabilizadas; que las cuentas críticas fueron revisadas; que las conciliaciones fueron realizadas; que los ajustes necesarios fueron incorporados; que las observaciones fueron resueltas; que no existen tareas críticas pendientes; que el balance emitido corresponde a la versión oficial del período y que un profesional asume responsabilidad por ese cierre.
Solo entonces la empresa debería hablar de un balance cerrado, antes de eso, estamos frente a información preliminar, provisoria o en revisión y ese estado debería ser explícito.
Uno de los problemas actuales es que tratamos todos los balances como si fueran iguales, pero no lo son, hay balances preliminares, hay balances para revisión, hay balances con observaciones, hay balances corregidos, hay balances finales, hay balances cerrados, hay balances firmados; esa distinción debería ser parte normal del gobierno contable de una empresa.
Porque no es lo mismo decidir sobre un balance preliminar que decidir sobre un balance cerrado, no es lo mismo presentar un informe para revisión que presentar un informe oficialmente validado, no es lo mismo decir “estos son los números” que decir: “Estos son los números finales del período, el proceso está cerrado y yo respondo profesionalmente por este trabajo.” esa diferencia cambia completamente la autoridad de la información.
Este planteamiento no busca debilitar al contador, al contrario, busca devolverle autoridad profesional.
Durante años, el contador fue empujado a un rol operativo: registrar, declarar, cuadrar, responder al impuesto, preparar informes y resolver urgencias, pero en ese proceso se fue perdiendo algo esencial: el contador como responsable formal de la calidad del proceso contable, no basta con que el contador procese información, debe poder cerrar, firmar y responder, debe poder decir: este proceso fue realizado correctamente y si existen observaciones, deben quedar formalmente abiertas, corregidas y cerradas.
Ese es el estándar que la empresa moderna necesita, el contador del futuro no puede ser solo quien registra, debe ser quien responde profesionalmente por la información económica que la empresa utiliza para decidir.
No se trata de volver nostálgicamente al timbre antiguo, el mundo cambió, la tecnología cambió, los sistemas cambiaron, la empresa cambió, pero sí necesitamos recuperar el sentido profundo de esa formalidad, la nueva contabilidad necesita una nueva firma contable, una firma que no sea solo una imagen al final de un PDF, una firma que no sea solo una formalidad decorativa, una firma que represente cierre, revisión, responsabilidad y accountability.
Esa firma debería declarar algo muy concreto: “Certifico que el proceso contable correspondiente a este período fue realizado, revisado, completado y cerrado bajo mi responsabilidad profesional.”
Esa declaración cambia la naturaleza del informe, lo convierte en un acto responsable, lo convierte en una pieza de gobierno empresarial, lo convierte en información con autoridad, lo convierte en una base más seria para la toma de decisiones.
La confianza es valiosa, pero no es suficiente, en una empresa moderna, especialmente cuando se administran datos críticos, la confianza debe complementarse con responsabilidad formal, no se trata de desconfiar del contador se trata de respetar la importancia de su trabajo, no se trata de burocratizar la contabilidad se trata de darle autoridad, no se trata de agregar trámites se trata de proteger las decisiones de la empresa.
Porque cuando nadie firma, nadie responde, cuando nadie responde, la información pierde valor y cuando la información pierde valor, la empresa toma decisiones sobre una base precaria.
La pregunta, entonces, no es solo si la contabilidad está hecha, la pregunta correcta es: ¿quién se hace responsable de que está completa, revisada y cerrada?, esa es la pregunta que toda empresa debería hacerse antes de tomar decisiones con sus balances, porque en los procesos críticos, la confianza ayuda, pero no basta.
Jorge Valenzuela F.
Socio Fundador de Transtecnia S.A.
de contabilidad, temas laborales, educación, tributarios e innovación

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Últimos comentarios
Qué verdad mejor explicada; ojalá puedan leer el artículo muchos empresarios pymes, así entenderían mejor su empresa.
Con que claridad esta expuesta la problematica que se presenta al dejarle toda definicion del negocio a una entidad que…
Excelente información, en forma y orden.
Como siempre, muy buen punto de vista respecto de las condiciones (la estructura) que se deben dar para que las…
Gracias