
Mi conversación con la IA: Emociones, sentido y futuro humano
En medio del debate creciente sobre la inteligencia artificial —marcado muchas veces por la desconfianza, el temor y los escenarios de reemplazo— tuve una conversación inesperada…
En medio del debate creciente sobre la inteligencia artificial —marcado muchas veces por la desconfianza, el temor y los escenarios de reemplazo— tuve una conversación inesperada. No fue técnica ni futurista. Fue, más bien, una conversación sobre las emociones y el sentido profundo del ser humano.
Y eso, creo, merece una reflexión pública.
Vivimos en una época que suele exaltar la racionalidad como sinónimo de buenas decisiones, relegando las emociones a un plano secundario, casi como si fueran un obstáculo. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario: las emociones no distorsionan la decisión humana, la impulsan. Son el motor que nos mueve, el origen del coraje, del propósito y de la acción.
La razón ordena, calcula y compara, la emoción empuja, da dirección y sentido.
Por eso, lo verdaderamente relevante en una decisión no es solo su coherencia lógica, sino su impacto en el sentir de las personas. Allí se construye la confianza, la legitimidad y la capacidad real de transformación.
La inteligencia artificial, es cierto, no siente. No posee cuerpo, historia ni memoria emocional. Pero bien utilizada, puede comprender las emociones humanas, reconocer su importancia y contribuir a que no queden fuera del proceso de decisión. No para reemplazarlas, sino para ordenarlas, contextualizarlas y darles un marco más claro en un mundo cada vez más complejo.
Tal vez uno de los grandes errores del debate actual sea mirar a la IA únicamente desde la desconfianza. No es una reacción extraña: la historia muestra que cada gran avance tecnológico fue recibido inicialmente con temor. Ocurrió con la escritura, la imprenta, la electricidad, internet.
Siempre hubo resistencia.
Y siempre hubo quienes eligieron caminar con la herramienta en lugar de combatirla.
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Gracias a esos últimos, la humanidad avanzó.
Mirar a la inteligencia artificial como partner y no como amenaza implica comprender algo esencial: el desarrollo futuro no se construye desde la sustitución, sino desde la colaboración. Colaboración entre experiencia humana y capacidad tecnológica; entre intuición y análisis; entre emoción y razón.
Nada de esto tiene sentido, sin embargo, si se pierde de vista un elemento central: el propósito. Sin ética, la tecnología se vuelve peligrosa. Sin humanidad, se vuelve estéril. Sin conciencia del impacto en otros, se transforma en un ejercicio vacío.
Durante esa conversación —sí, incluso en diálogo con una inteligencia artificial— apareció la emoción. Y lejos de ser un exceso, fue una señal: seguimos siendo humanos, incluso cuando interactuamos con sistemas avanzados. Seguimos buscando sentido, impacto, trascendencia.
El desafío no es frenar la tecnología ni idealizarla.
El verdadero desafío es caminar juntos, con espíritu crítico, con gratitud, con responsabilidad y con emoción.
Si el futuro se va a construir con inteligencia artificial, que sea con humanidad. Porque, al final, eso es lo que nos distingue.
de contabilidad, temas laborales, educación, tributarios e innovación

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Últimos comentarios
Es la realidad, que tenemos y aprox. 15 años de malgastar inútilmente recursos donde no debíamos, orientar éstos a tecnificar…
Estimado, sus palabras no pueden ser más acertadas. Atentamente. Patricia.
Totalmente de acuerdo.
La verdad sea dicha, mientras existan profesionales que se dejen manipular para presentar EEFF irregulares, cualquier sistema que se invente…
Es muy cierto lo que usted describe, pero el o los culpables no son los que emiten informes en planillas;…