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Artículo de Opinión
Boletín Informativo
20.10.2026
¿Cuándo puede decir un empresario: “La hice”?
¿Cuando vende su empresa… o cuando construye algo que trasciende su propiedad?
En la era digital pareciera haberse instalado una particular manera de medir el éxito empresarial. Un emprendedor tiene una idea, crea una startup, consigue inversionistas; la empresa aumenta su valoración, llegan nuevos capitales, la propiedad del fundador comienza a diluirse y, finalmente, la compañía se vende.
Entonces aparece inevitablemente la frase: “la hizo”. Pero me pregunto: ¿realmente ese es el éxito que buscamos los empresarios?
Esta pregunta no es solamente teórica para mí. A lo largo de mi vida empresarial he recibido ofertas de corporaciones e inversionistas por varios millones de dólares para adquirir la empresa que fundé. Naturalmente, cuando alguien pone cifras de esa magnitud sobre la mesa, aparece una pregunta inevitable: ¿llegó el momento de decir “la hice”?
En mi caso decidí que no. No porque vender una empresa sea incorrecto, tampoco porque recibir una gran suma de dinero por décadas de trabajo no constituya un legítimo reconocimiento al riesgo asumido. Decidí continuar porque sentía que todavía había algo por construir. Había un propósito que no había terminado. Y preferí apostar por él.
¿Para qué nace una empresa?
Durante muchos años he entendido el emprendimiento desde dos principios bastante simples: crear algo que tenga valor y poner ese valor al servicio de otros.
Una empresa nace porque alguien observa un problema y cree que puede resolverlo de una manera diferente. Después necesita clientes, trabajadores, tecnología, capital y, por supuesto, rentabilidad. Porque sin rentabilidad ninguna empresa sobrevive.
Pero una cosa es entender la rentabilidad como una condición necesaria para desarrollar un proyecto y otra muy distinta es convertirla en el propósito del proyecto. Y aquí comienza una de las grandes disyuntivas de la empresa moderna.
Cuando llega el capital
Para crecer muchas empresas necesitan inversionistas. Eso puede ser extraordinariamente positivo. El capital permite acelerar el crecimiento, contratar talento, desarrollar tecnología, internacionalizarse y transformar una buena idea en una gran compañía.
Por eso, el problema no son los inversionistas. Ellos cumplen su función y legítimamente esperan rentabilizar los recursos que invierten. La pregunta es qué ocurre cuando esa lógica financiera pasa de ser un medio para desarrollar la empresa a convertirse en el objetivo principal de la empresa.
Porque entonces pueden comenzar a cambiar las preguntas. El fundador pregunta: ¿qué podemos construir? El cliente: ¿qué problema me resuelve esta empresa? Los trabajadores: ¿qué estamos construyendo juntos? Y el inversionista, legítimamente: ¿cuál será el retorno de mi inversión?
Todas son preguntas válidas. El problema comienza cuando una de ellas termina subordinando a todas las demás.
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Cuando se diluye la propiedad, ¿puede diluirse también el propósito?
Creo que esta es una de las preguntas más importantes del emprendimiento actual. La propiedad puede diluirse sin que desaparezca el propósito, pero no existe garantía de que sobreviva. Porque junto con la propiedad pueden cambiar los horizontes.
Un fundador puede pensar en décadas; un inversionista puede tener un horizonte definido para recuperar su inversión. Un fundador puede decidir sacrificar rentabilidad presente porque cree profundamente en algo que todavía no existe; un fondo tiene responsabilidades económicas frente a quienes confiaron su capital.
Ninguna de esas posiciones es ilegítima. El verdadero desafío es conseguir que crear valor y capturar valor puedan convivir.
Una empresa no es solamente un activo
Con los años he llegado a creer cada vez más en algo: una empresa puede tener propietarios privados, pero también puede convertirse en un bien social. Alrededor de ella existen trabajadores y sus familias, clientes que confían en ella, proveedores, conocimiento acumulado, innovación, relaciones construidas durante décadas. Incluso comunidades y actividades económicas que pueden depender de los servicios que presta.
Por eso me cuesta aceptar que el éxito empresarial pueda resumirse exclusivamente en una valorización o en el precio de venta de una compañía.
Crear valor no es lo mismo que capturar valor. Una empresa necesita capturar una parte del valor que genera para sobrevivir; pero su verdadera razón de existir comienza antes: en el valor que es capaz de crear.
Yo decidí continuar. ¿Haría siempre lo mismo?
Aquí aparece una reflexión que los años también me han enseñado. Cuando uno tiene edad, energía y muchos proyectos por delante, rechazar una oferta millonaria puede ser una demostración de confianza en lo que está construyendo y, en mi caso, de lealtad a un propósito.
Pero la vida empresarial también tiene etapas. Cuando uno se convierte en adulto mayor aparecen otras realidades: la sucesión, la familia, la continuidad de la empresa, la capacidad de seguir liderando, el desafío de encontrar nuevas generaciones capaces de tomar la posta.
Y quizás entonces la pregunta deja de ser simplemente “¿vendo o no vendo?” y pasa a ser otra mucho más importante: “¿cuál es la mejor decisión para que aquello que construimos pueda continuar?”
Por eso hoy no creo que vender una empresa represente necesariamente abandonar un propósito; como tampoco creo que conservarla represente necesariamente defenderlo. Todo depende de para qué se vende, a quién se entrega y qué queremos que ocurra después.
Quizás “la hice” signifique otra cosa
Después de muchos años emprendiendo, innovando, equivocándome, comenzando nuevamente y mirando hacia adelante, mi definición del éxito empresarial ha cambiado.
Quizás un empresario no pueda decir “la hice” solamente porque alguien estuvo dispuesto a pagar millones por su empresa. Quizás pueda decirlo cuando mira hacia atrás y descubre que creó algo que antes no existía; que generó trabajo, que innovó, que ayudó a otros a desarrollarse, que construyó confianza, que fue fiel a determinadas convicciones. Y, sobre todo, que consiguió algo muchísimo más difícil: construir una empresa capaz de trascender a su propio fundador.
Hoy sigo creyendo que el objetivo de un emprendedor no debería ser construir una empresa para venderla. Debería ser construir una empresa que valga la pena que exista. Después vendrá el momento —si llega— de decidir quién debe continuar esa obra.
Y quizás ahí esté la verdadera pregunta que deberíamos hacernos los empresarios: cuando llegue el día de dejar nuestra empresa, ¿queremos simplemente haber vendido un activo… o haber dejado un legado?
Jorge L. Valenzuela.
Socio Fundador de Transtecnia S.A.
Artículo elaborado con apoyo editorial de IA.
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