
Los datos de sus trabajadores tienen una nueva autoridad
Durante años, muchas empresas consideraron que la protección de los datos personales era una materia secundaria, reservada para abogados, grandes corporaciones o compañías tecnológicas….
Después de décadas de inversión en tecnología, digitalización, software, automatización, capacitación y modernización empresarial, ha llegado la hora de hacernos una pregunta incómoda, pero inevitable:
¿qué sentido tiene aparentar modernidad si la productividad no despega?
Esa es la verdadera prueba de la blancura.
Porque el fin último de toda empresa no es verse moderna. No es acumular sistemas. No es tener dashboards, inteligencia artificial, automatizaciones o un lenguaje lleno de palabras nuevas. El fin último de toda empresa es mucho más exigente y mucho más simple: ser más eficiente para lograr mayor productividad.
Y si después de tantos años de avance tecnológico y educacional no logramos mover con fuerza esa aguja, entonces corresponde decirlo con crudeza: algo profundo estamos haciendo mal.
Tal vez demasiado profundo.
Porque el problema ya no parece ser solo técnico. Tampoco parece ser solo económico. El problema empieza a parecer cultural, intelectual y hasta moral.
Hemos construido una época donde aparentar modernidad resulta más fácil que reconocer ignorancia. Donde hablar de transformación es más cómodo que aceptar incapacidad. Donde incorporar tecnología luce mejor que preguntarse si realmente entendemos el mundo que esa tecnología está creando. Y así, poco a poco, hemos ido levantando una narrativa que suena avanzada, pero que muchas veces descansa sobre una verdad mucho más dolorosa: seguimos siendo poco productivos, poco rigurosos y demasiado frágiles en lo esencial.
Ese es el punto que debemos atrevernos a mirar.
Porque quizá el verdadero acto de modernidad no consiste en sumar más herramientas, sino en partir desde la humildad.
Humildad para reconocer que no sabemos lo suficiente, humildad para reconocer que no estamos preparados del todo, humildad para reconocer que nuestros procesos siguen siendo débiles, humildad para reconocer que nuestros datos todavía no merecen plena confianza, humildad para reconocer que la educación no nos formó para comprender el mundo digital con la profundidad que exige, humildad para reconocer que la tecnología, por sí sola, no nos ha vuelto más productivos.
Eso duele, pero ese dolor no es un problema es el punto de partida.
Porque mientras no reconozcamos nuestra ignorancia, seguiremos refugiándonos en la apariencia. Seguiremos confundiendo digitalización con transformación. Seguiremos confundiendo tecnología con productividad. Seguiremos confundiendo capacitación con verdadera preparación. Seguiremos confundiendo respuestas rápidas con comprensión. Y seguiremos viviendo dentro de un relato que se parece demasiado a una fantasía de control y gestión.
Ahí está la gran ilusión de nuestro tiempo.
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Una ilusión donde empresas poco productivas hablan como si ya hubieran llegado al futuro, una ilusión donde sistemas frágiles se presentan como plataformas de inteligencia, una ilusión donde la educación entrega títulos, cursos y certificaciones sin asegurar comprensión real del nuevo lenguaje digital, una ilusión donde la industria tecnológica promete modernidad sobre bases que siguen siendo débiles.
Y mientras tanto, la productividad no responde, eso debería obligarnos a detenernos; no para renunciar al avance, no para negar la tecnología, no para rechazar la educación, sino para someter todo eso a su prueba verdadera.
La prueba de la blancura para la educación, la tecnología y las empresas es una sola:
¿estamos logrando organizaciones más productivas, más conscientes, más rigurosas y más capaces de comprender la realidad que administran?
Si la respuesta es insuficiente, entonces debemos tener el coraje de admitir que gran parte de nuestra modernidad ha sido, hasta ahora, más aparente que real.
Y esa admisión exige un cambio de tono, menos arrogancia tecnológica, menos relato triunfalista, menos fascinación por la novedad, menos obsesión por parecer avanzados y más humildad.
Humildad para volver a los fundamentos, humildad para reconstruir desde abajo, humildad para aceptar que primero deben venir los pilares: datos fidedignos, trazabilidad, seguridad e integridad, humildad para entender que la productividad no nace de la estética de la modernización, sino de la calidad estructural de los procesos, de la preparación real de las personas y de la verdad de la información con que se decide.
No hay productividad verdadera sobre datos frágiles, no hay productividad verdadera sobre procesos opacos, no hay productividad verdadera sobre personas mal preparadas, no hay productividad verdadera sobre ilusión de control.
Por eso, tal vez la pregunta más seria de esta época no sea cuánta tecnología tenemos, ni cuántas herramientas nuevas podemos incorporar, ni cuán modernos parecemos.
Tal vez la pregunta más seria sea esta:
¿estamos dispuestos a reconocer, con humildad, que todavía no entendemos suficientemente el mundo digital y que esa ignorancia nos está costando productividad real?
Porque si no somos capaces de decir esa verdad, seguiremos atrapados en el mismo círculo: más inversión, más discurso, más modernidad aparente y la misma aguja inmóvil.
La fantasía puede ser cómoda, la ilusión puede tranquilizar y el relato puede incluso entusiasmar, pero nada de eso mueve la productividad.
La mueve solo una decisión más difícil y más madura: abandonar la apariencia, reconocer la fragilidad y empezar a construir desde la verdad.
Ese, quizá, sea el primer acto serio de una verdadera modernización.
Jorge Valenzuela F.
Socio Fundador de Transtecnia S.A.
de contabilidad, temas laborales, educación, tributarios e innovación

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Últimos comentarios
Es un muy buen análisis de la realidad de nuestro país, lamentablemente pareciera que esto no esta siendo entendido por…
Gracias por el comentario, es una gran verdad que nos debe hacer estar atentos y meditar en la ética profesional…
Plenamente de acuerdo con lo que asevera respecto de la Contabilidad y "cocina tributaria"
Jajaja, Roberto, gracias por el comentario. Te puedo asegurar que sí es mío. Esa es justamente mi esencia. Me alegra…
Dudo que el artículo sea de mi estimado Jorge Valenzuela. Saludos