
La importancia de golpear el tambor
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Hay frases que no deben leerse solo como consignas políticas. Hay frases que, aun pronunciadas en un contexto contingente, revelan una verdad más profunda sobre el momento que viven los países, las empresas y las sociedades “Vamos a romper todo lo malo para construir todo lo nuevo” es una de ellas.
La frase puede sonar dura. Puede incomodar. Puede incluso parecer excesiva y molestar. Pero encierra una realidad que la historia económica ha demostrado una y otra vez: no se construye desarrollo verdadero protegiendo indefinidamente aquello que dejó de servir, dejo de ser suficiente.
Hay momentos en que corregir ya no basta, hay momentos en que administrar lo existente ya no alcanza, hay momentos en que, como dice el refrán popular, son tiempos de “romper huevos para hacer tortillas”, esa es, en el fondo, la lógica de la destrucción creativa descrita por Schumpeter: el crecimiento no nace de la conservación pasiva del orden existente, sino de la capacidad de reemplazar estructuras obsoletas por nuevas formas de crear valor y eso vale para los países. Pero también vale para las empresas.
Uno de los mayores problemas de nuestro tiempo es la tendencia a confundir estabilidad con inmovilidad. Se protege la burocracia como si fuera prudencia. Se defiende lo obsoleto como si fuera experiencia. Se conserva lo ineficiente como si fuera responsabilidad.
Pero la verdad es otra: muchas veces, lo que se protege no es el bien común, sino la comodidad del sistema vigente.
Las economías se frenan cuando el exceso de regulación, la rigidez ideológica, el temor al cambio y la captura burocrática terminan asfixiando la inversión, castigando el trabajo, debilitando la innovación y desincentivando el esfuerzo productivo.
Lo mismo ocurre en las empresas. Muchas organizaciones no fracasan por falta de mercado, sino por exceso de apego al pasado. Siguen operando con procesos agotados, estructuras lentas, culturas defensivas y modelos de gestión que hace tiempo dejaron de responder a la velocidad del mundo real.
En ambos casos, el problema no es el cambio, el verdadero problema es la resistencia al cambio.
Si uno tuviera que resumir cuáles son hoy los principales enemigos del crecimiento y del desarrollo, tanto en la economía como en la empresa, la lista debiera ser clara:
La burocracia que paraliza, la ideología extrema que enceguece, la cultura del subsidio permanente que debilita la autonomía, la mediocridad que se acomoda, el miedo a innovar, y sobre todo, el apego sentimental a modelos que ya no generan valor.
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Nada destruye más una economía que impedir la renovación, nada debilita más una empresa que obligarla a seguir funcionando con estructuras del pasado.
Por eso, cuando hablamos de romper lo malo, no hablamos de destruir por rabia ni por capricho, hablamos de remover aquello que se transformó en obstáculo, hablamos de aceptar que hay sistemas, procesos, creencias y prácticas que ya no merecen seguir ocupando el centro.
Este punto es esencial,l a destrucción creativa no es una invitación al caos, no es una apología del desorden, no es una justificación de la violencia económica o política. Destruir, en sentido schumpeteriano, es abrir espacio para una forma superior de organización, de productividad y de creación de valor, solo tiene sentido romper lo malo si existe una visión para construir algo mejor.
Sin propósito, la destrucción es pura devastación, con propósito, es evolución.
Esa es también una de las ideas centrales que he querido desarrollar en mi libro Obsesión Destructiva: hay momentos históricos en que el progreso exige una voluntad decidida de desmontar lo que ya no sirve, no por resentimiento contra el pasado, sino por responsabilidad con el futuro, porque cuando una sociedad protege excesivamente sus estructuras agotadas, termina bloqueando el nacimiento de lo nuevo, y cuando una empresa se enamora de sus propios hábitos, firma silenciosamente su decadencia.
Estamos viviendo una época en que el desarrollo exige mucho más que administrar inercias. Exige coraje intelectual, capacidad adaptativa y voluntad de rediseñar, Chile necesita revisar seriamente qué cosas sigue defendiendo que hace tiempo dejaron de generar crecimiento. Las empresas también, necesitamos menos culto al procedimiento vacío y más foco en resultados reales, menos relato ideológico y más productividad, menos defensa de privilegios improductivos y más apertura a nuevas formas de competir, producir e innovar.
A veces, para reconstruir, primero hay que desarmar, a veces, para crecer, primero hay que soltar, a veces, para avanzar, primero hay que romper y eso no debiera escandalizar a nadie.
Porque hay tiempos en que seguir sosteniendo lo malo no es moderación, es simplemente una renuncia al desarrollo.
Tal vez la pregunta más importante no sea si estamos dispuestos a construir algo nuevo, la pregunta real es otra: ¿Estamos dispuestos a dejar atrás aquello que ya no sirve, aunque nos incomode, aunque nos obligue a cambiar, aunque rompa viejas certezas?
Porque no hay futuro nuevo construido sobre estructuras viejas y no hay tortilla posible si nadie se atreve a romper los huevos.
Jorge Valenzuela F.
Socio Fundador de Transtecnia S.A.
de contabilidad, temas laborales, educación, tributarios e innovación

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Últimos comentarios
Qué verdad mejor explicada; ojalá puedan leer el artículo muchos empresarios pymes, así entenderían mejor su empresa.
Con que claridad esta expuesta la problematica que se presenta al dejarle toda definicion del negocio a una entidad que…
Excelente información, en forma y orden.
Como siempre, muy buen punto de vista respecto de las condiciones (la estructura) que se deben dar para que las…
Gracias