Nada destruye más una economía que impedir la renovación, nada debilita más una empresa que obligarla a seguir funcionando con estructuras del pasado.
Por eso, cuando hablamos de romper lo malo, no hablamos de destruir por rabia ni por capricho, hablamos de remover aquello que se transformó en obstáculo, hablamos de aceptar que hay sistemas, procesos, creencias y prácticas que ya no merecen seguir ocupando el centro.
Destruir no es demoler: es abrir espacio.
Este punto es esencial,l a destrucción creativa no es una invitación al caos, no es una apología del desorden, no es una justificación de la violencia económica o política. Destruir, en sentido schumpeteriano, es abrir espacio para una forma superior de organización, de productividad y de creación de valor, solo tiene sentido romper lo malo si existe una visión para construir algo mejor.
Sin propósito, la destrucción es pura devastación, con propósito, es evolución.
Esa es también una de las ideas centrales que he querido desarrollar en mi libro Obsesión Destructiva: hay momentos históricos en que el progreso exige una voluntad decidida de desmontar lo que ya no sirve, no por resentimiento contra el pasado, sino por responsabilidad con el futuro, porque cuando una sociedad protege excesivamente sus estructuras agotadas, termina bloqueando el nacimiento de lo nuevo, y cuando una empresa se enamora de sus propios hábitos, firma silenciosamente su decadencia.
El desafío de este tiempo.
Estamos viviendo una época en que el desarrollo exige mucho más que administrar inercias. Exige coraje intelectual, capacidad adaptativa y voluntad de rediseñar, Chile necesita revisar seriamente qué cosas sigue defendiendo que hace tiempo dejaron de generar crecimiento. Las empresas también, necesitamos menos culto al procedimiento vacío y más foco en resultados reales, menos relato ideológico y más productividad, menos defensa de privilegios improductivos y más apertura a nuevas formas de competir, producir e innovar.
A veces, para reconstruir, primero hay que desarmar, a veces, para crecer, primero hay que soltar, a veces, para avanzar, primero hay que romper y eso no debiera escandalizar a nadie.
Porque hay tiempos en que seguir sosteniendo lo malo no es moderación, es simplemente una renuncia al desarrollo.
Tal vez la pregunta más importante no sea si estamos dispuestos a construir algo nuevo, la pregunta real es otra: ¿Estamos dispuestos a dejar atrás aquello que ya no sirve, aunque nos incomode, aunque nos obligue a cambiar, aunque rompa viejas certezas?
Porque no hay futuro nuevo construido sobre estructuras viejas y no hay tortilla posible si nadie se atreve a romper los huevos.