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Artículo de Opinión
Boletín Informativo
xx.10.2026
Cuando la flexibilidad convierte la contabilidad en cocina…
y al contador en un chef
Durante años hemos valorado que el sistema contable sea flexible. Flexible para modificar, flexible para reclasificar, flexible para ajustar, flexible para cerrar y volver a abrir, flexible para adaptar informes y criterios.
Pero quizás ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda: ¿debe ser flexible la contabilidad?
Porque llevada demasiado lejos, la flexibilidad puede terminar convirtiendo la contabilidad en una cocina y al contador en un chef capaz de agregar, quitar o cambiar ingredientes hasta obtener el plato esperado. Y ese nunca debiera ser el propósito de la contabilidad.
El problema no es corregir
Toda contabilidad necesita correcciones; también necesita estimaciones, reclasificaciones, provisiones, ajustes y criterios profesionales. Una empresa es una realidad económica compleja y no todo puede resolverse mediante reglas absolutamente mecánicas. Por eso el juicio profesional del contador no solamente es legítimo: es indispensable.
El problema aparece cuando confundimos juicio profesional con libertad para modificar la historia. Cuando un asiento puede cambiar sin dejar suficiente evidencia. Cuando un período cerrado puede reabrirse sin que resulte evidente quién lo hizo y por qué. Cuando una cifra originalmente registrada puede terminar siendo otra y resulta difícil reconstruir el camino entre ambas. O cuando el resultado comienza a determinar el criterio, en vez de ser el criterio correctamente aplicado el que determine el resultado.
Entonces la flexibilidad deja de ser una virtud.
Una cosa es interpretar. Otra es cocinar.
Esta distinción será cada vez más importante. La contabilidad debe permitir interpretar la realidad económica desde distintas perspectivas. Podemos querer conocer la rentabilidad por producto, por cliente, por sucursal, por unidad de negocio, por segmento. Podemos construir indicadores diferentes para un gerente, un directorio, un inversionista o un área operacional. Esa flexibilidad es extraordinariamente valiosa.
Pero una cosa es ser flexible para analizar la información y otra muy diferente ser flexible para alterar los hechos que originaron esa información. La presentación puede ser flexible, el análisis puede ser flexible, la visualización puede ser flexible. La verdad económica que los sustenta no debería serlo.
En el mundo digital ya no basta con conocer el número
Durante décadas aceptamos que la contabilidad nos entregara principalmente un resultado: ¿cuánto vendimos?, ¿cuánto gastamos?, ¿cuánto ganamos?, ¿cuánto debemos?
Pero las tecnologías digitales permiten formular preguntas mucho más exigentes: ¿de dónde salió ese número?, ¿en qué hecho económico se originó?, ¿provino directamente de una factura, una remuneración, un movimiento bancario o fue digitado posteriormente?, ¿quién intervino?, ¿fue modificado?, ¿quién autorizó esa modificación?, ¿cuándo ocurrió?, ¿por qué se hizo?, ¿qué evidencia existe?, ¿podemos recorrer el camino completo desde el hecho económico original hasta el balance y también desde el balance hasta su origen?
Aquí aparece una característica fundamental de la nueva contabilidad: la trazabilidad.
Inmutabilidad no significa que nada pueda cambiar
Esta palabra puede generar resistencia, porque una contabilidad donde nada pudiera corregirse sería impracticable.
Pero la inmutabilidad digital no debería significar que un error queda escrito para siempre. Debería significar algo mucho más razonable: todo lo que legítimamente deba corregirse podrá corregirse, pero ninguna modificación relevante debería borrar la historia anterior.
Corregir, sí. Borrar la evidencia de que corregimos, no. Modificar, sí. Modificar sin identificar quién, cuándo y por qué, no. Reabrir excepcionalmente un período, posiblemente. Hacerlo sin autorización ni trazabilidad, no.
Esta diferencia puede parecer pequeña, pero cambia profundamente la calidad de la información contable.
Flexibilidad sí, pero con trazabilidad
Quizás, entonces, hemos estado haciendo la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos simplemente: ¿es flexible nuestro sistema contable? Deberíamos preguntar: ¿dónde debe ser flexible y dónde debe ser rigurosamente controlado?
Necesitamos flexibilidad para analizar, flexibilidad para segmentar, flexibilidad para presentar, flexibilidad para interpretar, flexibilidad para incorporar nuevas dimensiones del negocio.
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Pero necesitamos rigor para preservar los datos originales, seguridad para controlar quién interviene, trazabilidad para conocer cada modificación, evidencia para respaldar las decisiones, e inmutabilidad para impedir que la historia desaparezca.
Podríamos resumirlo así: flexibilidad para comprender; rigor para preservar la verdad económica.
El contador tampoco debería ser un chef
La transformación digital puede producir además un cambio importante en el propio rol del contador. Mientras más automática e integrada sea la captura de los hechos económicos, menos valor tendrá intervenir manualmente sobre los datos y más valor tendrá interpretarlos, validarlos y transformarlos en conocimiento.
El contador del futuro no debería distinguirse por su habilidad para “cocinar” números. Todo lo contrario. Debería convertirse en garante de la calidad, integridad y trazabilidad de la información económica de la empresa. Su mayor valor no será poder cambiar un número; será poder explicar por qué ese número merece confianza.
Una nueva definición de buena contabilidad
Quizás durante demasiado tiempo asociamos una buena contabilidad con una contabilidad que simplemente “cuadra”. En los nuevos tiempos digitales eso parece insuficiente.
Una buena contabilidad debería permitir afirmar: sé de dónde provienen mis datos, sé quién intervino en ellos, sé qué fue modificado y por qué, puedo reconstruir la historia de cada hecho económico relevante, y puedo confiar en la información con la que estoy tomando decisiones.
La tecnología nos permite avanzar hacia ese estándar. Ahora falta algo más difícil: cambiar nuestra cultura contable.
Porque una buena contabilidad no debería ser aquella que permite preparar el plato que queremos servir. Debería ser aquella que, incluso cuando el resultado no sea el que esperábamos, nos permita conocer con transparencia la realidad económica de nuestro negocio.
La contabilidad puede y debe ser flexible para analizar la realidad. Lo que nunca debería ser flexible es la verdad que pretende representar.
Sobre tus dos preguntas:
¿A quién afecta o favorece esta búsqueda de “flexibilidad” contable?
Favorece, en el sentido de dar poder de decisión, a quien controla el sistema y puede intervenir los registros: administradores, dueños o gerentes que quieren mostrar un resultado distinto al real, o contadores presionados para “ajustar” cifras. También puede favorecer a asesores que usan la complejidad y la falta de trazabilidad para justificar interpretaciones convenientes (tema que tocabas en el artículo del SII).
Afecta, en cambio, a quienes dependen de que esa información sea verdadera sin poder verificarla por sí mismos: socios minoritarios, trabajadores (cuyas remuneraciones o utilidades pueden depender de esos números), bancos e inversionistas que prestan o invierten confiando en los estados financieros, el Estado como fiscalizador, y en última instancia la propia empresa, que termina tomando decisiones sobre una realidad distorsionada.
¿Yo qué prefiero?
Coincide con la tesis del artículo: flexibilidad para analizar y presentar la información desde distintos ángulos, sí; flexibilidad para alterar el hecho económico subyacente sin dejar rastro, no. Un sistema donde cada corrección quede identificada (quién, cuándo, por qué) no le quita agilidad al contador — le da respaldo. Y a la empresa le da algo más valioso que un balance prolijo: la certeza de que ese balance realmente representa lo que ocurrió.
Jorge L. Valenzuela.
Socio Fundador de Transtecnia S.A.
Artículo elaborado con apoyo editorial de IA.
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Grs. por el informativo, muy buen punto y sería bueno hacercelo llegar a algunos parlamentarios.
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